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9 peculiaridades de los países con la mejor educación en el mundo

ORIGINAL: BBC
Sean Coughlan

Lapices negros a una altura igual y uno rojo que sobresale.THINKSTOCK
¿Cómo lograrán los mismos países distinguirse siempre?

Cuando se trata de las clasificaciones mundiales de educación, parece repetirse la misma historia. Las superpotencias educativos asiáticas toman todos los primeros puestos y el resto del mundo queda sumido en la duda y la recriminación.

Para los ministros de Educación de gran parte del mundo, este debe ser un momento sombrío, en el que tienen que rebuscar algún aspecto positivo que resaltar para intentar tapar el hecho de que una vez más su país está flotando en la mediocridad del medio de la lista.

La semana pasada Singapur clasificó como el mejor en el mundo en matemáticas y ciencia en el informe TIMSS, que compara el desempeño de estudiantes a nivel internacional.

Esta semana, la OCDE publicó sus clasificaciones internacionales de las pruebas PISA, que se realizan cada tres años y miden el desempeño en ciencias, lectura y matemáticas de más de 500.000 adolescentes de 15 años en 72 países.

¿Los mejores?

  1. Singapur
  2. Japón
  3. Estonia

¿Qué será lo que se necesita para formar parte de ese anhelado club de ganadores en las competencias internacionales de educación?

En otras palabras, ¿qué tienen ellos que no tienen los otros?

Documento de primer puestoImage THINKSTOCK
En pos de esos primeros puestos, vale la pena revisar qué tienen en común los exitosos.

1. Es mejor estar en Asia oriental

No parece haber escape en la implacable geografía de las clasificaciones de educación.

Singapur está ahora en primer lugar, seguido por Corea del Sur, Hong Kong y Japón. Shanghái ha sido un gran contendiente, pero las pruebas PISA en esta ocasión incorporaron a la ciudad a otras partes de China. Y hay que añadir a Taiwán, Macao y Vietnam a esta lista.

2. Así es y ya está

Para decirlo diplomáticamente, la expectativa de muchos de los países más exitosos es que la gente haga lo que se les dice.

Una cultura conformista y centrada, un sentido de propósito colectivo o incluso un Estado de un sólo partido de los tradicionales suelen ser elementos que dan mejores resultados. Pero hay excepciones: los finlandeses consiguen un alto rendimiento con un fuerte sentido de independencia liberal.

Sombrero de gradución.THINKSTOCK
¿Asumen los sistemas de educación en Occidente que se trata de una carrera que no todos van a ganar?

3. Conviene no tener recursos naturales

Hay un fenómeno en la educación llamado “la maldición de los recursos”, pues las economías basadas en riquezas naturales -como las que dependen de sus vastas reservas de petróleo- tienden a rendir menos en la educación. Gran parte del Oriente Medio se da como un ejemplo.

¿Cómo se puede motivar a alguien que espera ser rico sin importar cuán bien le vaya en los exámenes?

Por el contrario, los países pequeños con pocos recursos han tenido que aprender rápidamente cómo vivir de su ingenio. Hace 60 años, Corea del Sur tenía uno de los peores índices de analfabetismo en el mundo; ahora muchos nos la pasamos mirando sus televisores.

4. Apuesta por los maestros

Caricatura de clase de matemáticasImage THINKSTOCK
Todo depende de los profesores. Y punto.

El gurú de la educación de la OCDE Andreas Schleicher tiene un eslogan: “Ningún sistema de educación puede ser mejor que la calidad de sus profesores”.

Y la clasificación del TIMSS de la semana pasada llevaba el mismo mensaje: el éxito está inseparablemente unido a la oferta de docentes de buena calidad.

Sean cuales sean las declaraciones mediáticas que desplieguen los ministros de Educación, todo se reduce a invertir en los maestros.

5. Ser una nación joven ayuda

Si bien es cierto que los del selecto círculo de ganadores son culturas antiguas, una característica curiosa es cuántos son relativamente nuevos como Estados-nación o tienen fronteras recientemente reconstituidas.

Finlandia apenas va a celebrar su centenario el próximo año. Singapur y Corea del Sur, en su forma actual política, son productos del siglo XX. Vietnam, tras emerger de la guerra en la década de 1970, ha sido uno de los más raudos en subir a los podios que añoran Estados Unidos y los viejos dinosaurios europeos.

¿Será que andar ligeros de bagaje les facilita cambiar y adaptarse?

Dibujos sobre papel cuadriculado.THINKSTOCK
“Aprender es un tesoro que acompaña a su dueño a todas partes”, reza un proverbio chino.

6. Tener un vecino grande que te eclipse

Otra característica sorprendentemente de los principales países en la educación es cuántos tienen que competir con un vecino mucho más grande.

En las historias de éxito de Europa en los últimos años -Finlandia, Polonia y Estonia- todos tuvieron que salir de la sombra del antiguo bloque soviético. Corea del Sur y Hong Kong están en contra de la China continental. Singapur es una pequeña ciudad Estado rodeada de grandes vecinos con poblaciones mucho mayores.

La educación les permitecompetir en las ligas mayores.

7. No es una competición de eliminación

Flecha ascendente con gente debajoImage THINKSTOCK
El secreto está en llevar a todos a triunfar, no en asumir que sólo unos pocos lo lograrán.

Las tablas de clasificación de la educación se basan en la proporción de jóvenes que llegan a algún punto de referencia de la capacidad.

Los ganadores serán aquellos que asuman que todos deben cruzar la línea de llegada, incluidos los más pobres, lo que es una característica distintiva de los sistemas principales de Asia.

Sus mejores profesores se dedican a los alumnos más débiles para asegurarse de que todo el mundo tiene un nivel básico.

Por el contrario, Occidente tiende a abordar la educación como una carrera de caballos, con la expectativa de que muy pocos de los corceles que comiencen la carrera lleguen a la meta. Y las clasificaciones reflejan esa diferencia fundamental.

8. Escoger lo mejor

Es difícil separar los sistemas educativos de la política y la cultura en la que se desarrollan.

Por mucho que a todos les gusta hablar de “innovación”, hay un montón de presiones en contra del cambio.

Pero muchos de los países con alto rendimiento no tienen ningún problema en apropiarse de las mejores ideas de otros países e incorporarlas en sus propias escuelas.

9. Planificar a largo plazo en un mundo de corto plazo

Ilustración de un salón de claseImage THINKSTOCK
Es una inversión: los beneficios sólo son aparentes en el futuro.

Puede tomar 10 años antes de que los cambios en un sistema de educación marquen alguna diferencia positiva en el ranking mundial.

Eso no es un gran incentivo para la fugaz vida útil de la oficina ministerial.

Pero el gran mensaje del ranking global es que lo que se necesita es consistencia y continuidad.

10. Si todo falla, culpa a todos los demás

Como toma tiempo notar los cambios de una reforma en la educación, los ministros pueden vanagloriarse de cualquier cosa que tenga éxito y culpar de todo lo demás en la administración anterior.

La veleta de la culpa siempre apunta lejos de quien esté a cargo.

Gracias por participar

ORIGINAL: Revista Arcadia
Por: Revista Arcadia
2014-04-21

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Editorial No. 103

La educación, en tiempos electorales, suele utilizarse como una eficaz carnada para que los ciudadanos pensemos con el corazón y no con la razón.

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La declaración de la ministra de Educación, María Fernanda Campo, en la cual aseveró que fue un mérito que Colombia participara en el capítulo de resolución de problemas de las pruebas PISA, en el cual Colombia ocupó el último lugar entre 44 aspirantes, y en que señalaba que “la prueba de resolución de problemas es optativa. Solo 44 países decidieron presentarla y Colombia tuvo el coraje de medirse con los mejores” es, por decirlo menos, escandalosa. Y lo es porque seguimos pensando en Colombia que en diez años podremos estar en el lugar en el cual nunca hemos estado; porque el mérito sigue siendo prepararse para participar, pero no para cumplir un buen papel. Sus declaraciones recuerdan la broma que suelen gastarse los dos eternos rivales del fútbol argentino, River Plate y Boca Juniors, en la que estos últimos, cada vez que River es eliminado en alguna fase de una copa, le cuelgan letreros en La Bombonera, el estadio de Boca, con la leyenda: “Gracias por participar”.

 

Los resultados publicados hace poco –de las pruebas que se hicieron hace dos años, en mayo del 2012, y que fueron motivo de discusión en la prensa el año pasado cuando se reveló que habíamos ocupado el número 61 entre 65 participantes– buscan pescar en río revuelto. La educación, en tiempos electorales, suele utilizarse como una eficaz carnada para que los ciudadanos pensemos con el corazón y no con la razón. La encuesta volvió a ser puesta en circulación con fines evidentemente electorales y una vez más volvemos a discutir sobre una plausible y triste realidad: la educación colombiana está en mora, desde hace décadas, de una revolución que solo sucederá si se atienden estudios y miradas serias y no planes de choque que suenan más a promesas que a posibilidades. Varios estudios demuestran que el plazo que está poniendo el actual gobierno para que Colombia sea “la más educada en 2025” no son realistas. Estudios serios demuestran que a Corea y Singapur, los dos países que ocuparon los dos primeros puestos, les llevó al menos cincuenta años dar el salto y poner a punto un sistema educativo basado en conceptos como el trabajo en grupo, la solución de problemas y, como lo dijo alguna vez el director del Parque Explora de Medellín, Andrés Roldán, la capacidad de estar preparados para el fracaso.

 

Buscar el problema en los maestros es seguir endilgando a otros una responsabilidad que nos concierne a todos como sociedad, una costumbre muy colombiana. Un niño que crece en un hogar sin ideas, sin reconocimiento, sin lectura, es un niño que entra a la escuela sin las herramientas básicas para existir en la vida y “resolver problemas”, que era el tema en cuestión. Pero más allá de todo esto, nos preguntamos por qué, de repente, hemos comenzado a oír que la educación es un tema que se ventila a grito herido un mes y medio antes de las elecciones. Una vez más, de manera indolente, la educación se convierte en un bastión electoral, se grita y se señala, se rasgan vestiduras para analizar causas y planes y, una vez elegido el gobernante de turno, de seguro, acá no pasará nada. Y no pasará porque está demostrado, como lo señalaba Ricardo Silva Romero en una brillante columna, la generación que nos gobierna desde hace 24 años –léase desde el gobierno Gaviria: los mismos con las mismas– ha hecho todos los esfuerzos por convencernos de que la única salida a los problemas de fondo son los tecnócratas. De esa manera, seguimos viendo con indolencia cómo ministras salen a decir que nada de lo que nos pasa es grave, pero que se están preparando planes para remediar el actual estado de cosas. La pregunta que nos hacemos es cuántos de nosotros sabemos cuáles son los programas de educación de los candidatos que optan por la Presidencia de la República en mayo, cuál es el estado actual del sistema público, por qué de la noche a la mañana discutimos sobre un tema que, una vez pasadas las elecciones, será saldado con una nueva risa cáustica de los ganadores, que nos dirán lo mismo: “Gracias por participar”.

 

“Pedagogía de la exigencia”: el método que lanza a la fama a un joven profesor

Enseña en un liceo de París a chicos carenciados que la sociedad condena a un fracaso al cual él no se resigna. Su decisión de volver a los métodos tradicionales da resultados y atrae la atención mediática

Jérémie Fontanieu no inventó nada nuevo. Lo suyo es la “vieja escuela”: disciplina, esfuerzo, exigencia y evaluaciones periódicas; conceptos que cierta pedagogía moderna ha convertido en malas palabras, con resultados que están a la vista, tanto en Francia como en Argentina, dos de los países que año a año retroceden en las pruebas PISA.
La revista Cahiers Pédagogiques entrevistó a este profesor que, con sólo 25 años de edad y 3 de experiencia docente, no teme ir contra la corriente pedagógica dominante que considera que presionar a los alumnos es autoritarismo.
Fontanieu enseña Ciencias Económicas y Sociales a estudiantes de los últimos años del liceo Eugène Delacroix, en la localidad de Drancy, una zona “desfavorecida” del gran París, de esas a las que las autoridades educativas y políticas suelen abandonar a su suerte por considerarlas inevitablemente condenadas a la marginalidad.
En rebelión abierta contra ese fatalismo, Fontanieu se fijó como meta lograr que todos sus alumnos aprueben el bachillerato, sin excepción. (En Francia, el título secundario no se obtiene por promoción sino a través de un examen al concluir la cursada del último año).
En la universidad, dice este graduado de Ciencias Políticas, “consumió mucho Pierre Bourdieu”, el sociólogo que expuso los mecanismos de reproducción de las jerarquías sociales. Pero él decidió luchar para quebrar esa lógica que condena al hijo de pobre al fracaso escolar. “En la facultad descubro el mundo escolar a través de Bourdieu, pero luego me vuelvo profe y veo que tiene razón pero yo me digo: el mundo es como es, ¿lo acepto? Yo quiero una escuela que recupere su rol de ascensor social“.
Por un lado están las desigualdades sociales, el racismo, la discriminación; parte del fracaso escolar se debe a la sociedad, innegablemente –explicó Jérémie en una entrevista radial-. Pero también hay una parte muy importante que es la responsabilidad individual, qué hacemos con nosotros mismos. Yo pongo a mis alumnos a es-tu-diar. Y hay una diferencia colosal entre el momento en que empiezan y cuando le toman el gusto al estudio e interiorizan la ambición. O sea, está el sistema, pero hay espacio para llegar luchando, y cuanto más obstáculos a vencer, más bella es la victoria“.
En el liceo de Drancy, constató “mucho abandono y resignación en chicos que sienten que están condenados al fracaso y entonces no estudian“. Y acá entra la responsabilidad de la escuela, muchas veces eludida por maestros y autoridades con el argumento de la no coerción y la libertad de los alumnos. Jérémie se coloca en las antípodas de esta actitud.
Yo quiero torcerles el brazo a los determinismos sociales, dice. Estos chicos no tienen método ni disciplina de estudio, pero no es sorprendente, tampoco yo lo tenía a su edad. Pero yo vengo de un medio burgués, hice Ciencias Políticas porque pude ir a una preparatoria paga. En este barrio, o llegan por la escuela o les será muy difícil“.
Está convencido de que el bachillerato es accesible a todos, pese al panorama desolador: estudiantes desmotivados, poco dispuestos a trabajar, proclives a la violencia verbal y la falta de respeto. En un distrito que, además, tiene históricamente resultados por debajo del promedio.
No importa: él quiere devolverles el gusto por el estudio, aún apelando a la “mano dura”, como dice con ironía. De a poco, se gana la confianza de sus estudiantes. Y la de los padres. Y luego también de sus colegas cuya cooperación considera esencial.
Tolerancia cero
“Constaté la falta de trabajo y mi respuesta fue algo brutal, simple“, admite. Ahora bien, si todos los profesores les piden a los alumnos que estudien, ¿cuál es la diferencia en su caso?
No hay magia en su método, ni rebuscadas teorías pedagógicas: se trata de hacerlos “trabajar”. Algo nada sencillo en un ambiente como el de Drancy. Pero él apela a métodos de la vieja escuela: tolerancia cero para toda indisciplina, pruebas semanales, nada de regalar nota, más bien al revés. Si un alumno decae en su rendimiento, él envía un mensaje a los padres. Consciente de que el chico que no tiene respaldo familiar no hará los deberes en casa o no los hará bien, y que ésa es otra fuente de inequidad, él controla los avances en el aprendizaje semana a semana.
Toma prueba todos los lunes, justo el día en que suele arrastrarse hasta la escuela el relajamiento del fin de semana. “Soy pragmático, no tengo ideología. Les meto presión a los alumnos, grito, llamo a los padres -dice sin prurito-. Una calificación dura, semanal, un punto descontado por cada respuesta incorrecta: eso funciona como electroshock para alumnos acostumbrados a zafar con una nota media. Al cabo de un tiempo, si no estudian, les pido a los padres que los priven de salida un fin de semana o que les quiten el celular“.
Le preguntan si eso no es “infantilizar” a chicos que ya son casi adultos. Él responde, categórico: Son niños, los tomo como lo que son, no es peyorativo, son irresponsables. ¿Qué hacemos frente a la falta de esfuerzo? ¿Los dejamos librados a su suerte? Me dicen: ‘caramba, te comportas como un padre, ya son grandes, tienen 16, 17’. Sí, me gustaría que fuesen grandes e hiciesen las cosas por sí mismos, pero no es el caso. La idea es que, a la larga, sean autónomosAl comienzo, mis clases son la colimba, y yo tengo reputación de nazi, reaccionario, profe horrible… Pero de a poco empiezan a interiorizar la norma y le toman el gusto porque ven que cuando estudian tienen resultados. De a poco se afloja la presión y pueden volar por sí mismos. La autonomía se conquista de a poco“.
Los alumnos de Jérémie, que al comienzo protestaron por su rigidez, hoy valoran un sistema que los hace progresar, y son los mejores defensores y propagandistas del sistema de este singular profesor.
Le preguntaron a una de sus estudiantes, Nesrine, si había oído hablar de Bourdieu. “Sí, sí. Pero yo creo que Bourdieu sólo hace una constatación, nosotros queremos cambiar las cosas, salir adelante“, respondió mostrando hasta qué punto está compenetrada con los objetivos de su profesor.
Fontanieu les exige porque confía en su capacidad para lograrlo y eso los estudiantes y los padres lo van sintiendo y se convierte en un estímulo adicional.
La disciplina no concierne sólo al estudio: No tolero clanes ni comentarios negativos, ni llegadas tarde“. Tampoco que sean groseros. “La violencia verbal de los alumnos es el síntoma de una relación con el mundo y con los otros particularmente brutal e irrespetuosa, y que me indigna“, explica Fontanieu. Además, señala, es un lenguaje que les cierra puertas, que refuerza los clichés que el resto de la sociedad tiene sobre los jóvenes de barrios humildes.
Algunos detractores de esta “pedagogía de la exigencia“, que pone tanto el acento en metas y logros, dicen que fomenta el individualismo. Pero en las clases de este profesor sucede todo lo contrario.
No es individualismo, replicó por ejemplo, Anaïs, tenemos un espíritu colectivo y pensamos mucho en los demás, deseamos realmente que todos lo logren“.
Estamos muy unidos, dice Farah, nos ayudamos unos a otros. Somos solidarios, queremos lograrlo todos, no individualmente.
Aunque no es pedagogo y su método es intuitivo, si le da resultados, a Jérémie le gustaría que se difunda. “A los alumnos del último año les digo que estamos haciendo algo que nos supera, y que si mañana logramos que los 35 aprueben, o sea 100% de eficacia, esta experiencia podrá replicarse“. Habrá demostrado que está en lo cierto, que no es inevitable que estos chicos, hijos de obreros poco calificados, de desocupados, de inmigrantes mal integrados, fracasen en la escuela.
Quiere que los investigadores y expertos vengan a ver su clase, y “respalden esta escuela del éxito basado en la certeza de que todos pueden lograrlo negándose a seguir los caminos que la fatalidad les ha trazado“.
Polémica pedagógica
Desde que Francia salió mal parada de las últimas pruebas PISA, estalló la polémica. En el banquillo, los cultores del pedagogismo constructivista, que postula que el alumno construye su propio saber y que el maestro no es el dueño del conocimiento, lo que ha redundado en deslegitimación de la función docente y relajamiento de la disciplina. Y hace tiempo también que muchos profesores –y casi todos los padres- desean la vuelta a una mayor sistematización en los estudios, a más contención y exigencia. A una escuela que vuelva a ser poderosa herramienta de igualación social.
Los estudiantes que apuestan en mayor medida al trabajo que al talento obtienen mejores puntajes en las pruebas de matemática“, fue una de las conclusiones de Andrea Schleicher, responsable de Educación en la OCDE, y redactora del último informe PISA.
Es el postulado de Jérémie: el que estudia, obtendrá resultados, sea cual sea su extracción socialLa pereza es el núcleo de la reproducción social, dice, parafraseando a Bourdieu. Sin esfuerzo, asistimos a la autodestrucción de sus vidas por parte de pibes de 15 años“.
La conclusión de la OCDE es significativa: el éxito es un asunto de creencia de que el trabajo y la perseverancia “pagan” más que la inteligencia o el talento innato.
Otra docente de “zonas difíciles” dejó un mensaje para Fontanieu: “El director de un colegio me dijo una vez: ‘usted no va a durar aquí si persiste en querer enseñar a sus alumnos’. Una triste renuncia por parte de algunos responsables de instituciones, enmascarada en un discurso pomposo e inepto. La consigna es ‘no hagan olas’… entonces, ¡saludo la energía y el coraje de este profesor que embiste contra ese fatalismo!
Además de los libros de Bourdieu, fue también el gusto por el hip hop lo que llevó a este joven a los suburbios. Quería conocer de cerca el mundo del que surge esa música, de “dimensión sociológica interesante“. Uno de sus temas favoritos es Banlieusards [los que viven en las afueras, algo así como suburbanos] de Kery James, que en una de sus estrofas sintetiza la filosofía que inspira su sistema pedagógico:
Banlieusard y orgulloso de serlo / ¡No estamos condenados al fracaso!
Al contrario, estamos condenados a triunfar / A cruzar las barreras, a construir carreras
Mirá lo que lograron nuestros padres / Lo que soportaron para que tengamos educación
¿Qué sería de sus sacrificios? (…)
Si arruinamos todo, ¿dónde está el respeto? / Si fracasamos, ¿dónde está el progreso?
Cada hijo de inmigrante está en misión / Cada hijo de pobres debe tener ambición
No puedes dejar que se evaporen tus sueños / En un hall lleno de humo
Fumando sustancias que quiebran tu voluntad / Anestesian tus deseos y ahogan tus capacidades
¡Valemos más que eso! / Nada detiene a un banlieusard que lucha…

ORIGINAL:  InfoBAE
 22 de marzo 2014